ANTHROPOS

Difusión de noticias sobre Arqueología, Antropología y Patrimonio Histórico.

4.2.10

Las motillas y el Bronce de La Mancha




Con Prólogo de GONZALO RUIZ ZAPATERO, Catedrático de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid.


Una nueva publicación de Luis Benítez de Lugo Enrich - Anthropos revisa la Edad del Bronce en Castilla-La Mancha, aporta un inventario completo de motillas y proporciona nuevos datos sobre yacimientos inéditos. Asimismo plantea la relación entre el cambio climático y el origen y desaparición de la singular cultura del Bronce de La Mancha, que nos ha legado las fortificaciones más antiguas existentes hoy en esta región.

Precio: 20 euros.
Información y pedidos: anthropos@estudio-arqueologia.es

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24.8.09

La Xunta de Galicia tardó dos años en parar una obra sobre un castro

Patrimonio conocía la existencia del yacimiento pero no lo catalogó

PABLO VÁZQUEZ

La Dirección Xeral de Patrimonio tardó dos años en catalogar el Castro da Atalaia, en San Cibrao (Cervo), según un informe firmado por los arqueólogos de la Delegación Provincial de Cultura Gonzalo Meijide Cameselle y Xosé Ignacio Vilaseco Vázquez. El documento reconoce que los arquitectos constataron restos en el año 2005, pero no los incluyeron en el Inventario de Xacementos Arqueolóxicos de la Xunta hasta noviembre de 2007. El escrito subraya las "grandes dimensiones" de este yacimiento que posee un "importante cuncheiro".


El informe dice que al alcalde de Cervo conocía los restos al dar la licencia
El documento revela que durante una visita realizada a la península da Atalaia en 2005, se realizaron hallazgos de material arqueológico, fundamentalmente molinos circulares de tipología castrexa o romana. Los restos se localizaron en diversas parcelas al suroeste de A Atalaia, según recoge el informe. A pesar de conocer los vestigios, la Consellería de Cultura no emitió una orden de paralización hasta el 18 de junio de 2007, cuando el arqueólogo Gonzalo Meijide ejecutó la orden para detener la construcción de 100 viviendas de la empresa Promociones San Cibrao. Los arquitectos destacan que se halló "abundantísimo material arqueológico" y "concentraciones de piedras que podrían corresponderse con los muros" de las fortificaciones.
Con todo, el informe culpa al Ayuntamiento y declara que el alcalde de Cervo, Alfonso Villares, era "plenamente consciente" de la presencia de este yacimiento cuando concedió las licencias de obra para edificar en tres parcelas sobre este castro, entre 2006 y 2007. De este modo, el documento de Patrimonio asegura que A Atalaia aparece incluida como yacimiento arqueológico bajo el nombre de Península de San Cibrao en el catálogo del Plan Xeral de Ordenación Municipal del Ayuntamiento.
Otra pista de que el consistorio de Cervo tenía conocimiento de este castro está en el material localizado en el extremo norte, asociado a restos de fauna, fundamentalmente conchas. A consecuencia de este hallazgo el propio Ayuntamiento promovió una intervención arqueológica en el lugar. Esta investigación permitió documentar un importante cuncheiro de época galaico-romana asociado a un poblado indígena que se estima que puede pertenecer a los siglos I a III después de Cristo.
El escrito avalado por los arquitectos provinciales confirma que los hallazgos arqueológicos estarían constatados también por vía bibliográfica en la obra de Barro Quelle San Ciprián: parroquia de Lieiro. Este libro explica que se encontraron muros circulares en la parte Sur de la isla, en Barrincoba, cuando recogieron arena para la construcción del puerto en los primeros años de la década de 1940, o cuando se construyó la carretera al faro.
El propio informe avala que "la utilización de esta referencia bibliográfica no puede considerarse una arbitrariedad". El documento acredita la necesidad de realizar intervenciones arqueológicas previas a cualquier obra que se pretenda ejecutar dentro del ámbito delimitado, con el fin de documentar los restos que puedan existir en la zona.

La Guardia Civil investiga el uso ilegal de restos de un castro en San Cibrao
La denuncia asegura que se están utilizando para un polígono industrial

La Guardia Civil investiga la presunta utilización ilegal de patrimonio arqueológico en la construcción del polígono industrial de Foz. Según una denuncia presentada ante el Seprona y la Dirección Xeral de Patrimonio por la asociación Mariñapatrimonio, restos arqueológicos del castro da Atalaia de San Cibrao, entremezclados con arena, estarían siendo trasladados hasta Foz para usar en la construcción de un polígono industrial en esta localidad. La asociación denunciante aseguró ayer que el Seprona ya ha confirmado la utilización ilegal de esos restos.

El instituto armado ya envió un informe a la Dirección de Patrimonio
La Guardia Civil se dirigió al conductor de uno de los camiones que están trasladando los restos para advertirle de la "presunta irregularidad" de la operación, según aseguraron fuentes del instituto armado. Ante el aviso, el camionero optó por abandonar el transporte. El Seprona ha comunicado también los hechos a la Dirección Xeral de Patrimonio de la Xunta. "El traslado podría no reunir todos los requisitos administrativos", admitieron estas fuentes, que están a la espera de recibir una respuesta de Patrimonio antes de actuar contra el traslado.
Parte del entorno del castro da Atalaia fue invadido hace dos años por las obras de una promoción urbanística en San Cibrao, que afectaron a parte del conjunto arqueológico. El portavoz de Mariñapatrimonio, Manuel Miranda, asegura que entre los escombros presuntamente trasladados a Foz hay restos de dos molinos y de cerámica. La ley estipula que esa clase de vestigios no se puede transportar sin la supevisión de un arqueólogo. Mariñapatrimonio afirma que todo el proceso ha estado repleto de ilegalidades. Según Miranda, los escombros fueron sacados del castro mientras pesaba una orden de paralización de las obras y depositados en una finca junto a la gasolinera de Cervo sin disponer de ninguna clase de autorización.
La asociación en defensa del patrimonio afirma que los restos del castro fueron cubiertos con una capa de tierra, con el fin de taparlos antes de su traslado a Foz. Miranda señala que un agente del Seprona le explicó que ya se han identificado los escombros depositados en el futuro polígono industrial como originarios del castro. "Ahora será muy difícil rescatar los restos y separar las arenas que contienen patrimonio arqueológico. No saben el daño que han hecho", se lamenta.
El alcalde de Cervo, municipio al que pertenece San Cibrao, Alfonso Villares (PP) manifestó sus dudas sobre la ilegalidad del traslado. "Decir que son ilegales es mucho decir", afirmó. En cambio, el regidor de Foz, la otra localidad implicada, el socialista José María García Rivera, exigió que "se aclare exactamente si se metieron esos restos en el polígono" sin conocimiento de la institución municipal. García Rivera solicitó a la policía local que investigue los hechos.

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5.7.09

La lucha final del "El Hombre de los Hielos"

Oetzi, el "Hombre de Hielo", en Madrid

El Museo Arqueológico Regional, en Alcalá de Henares, dedica una exposición al hallazgo de un varón momificado en un glaciar hace 5.300 años

Varón. 45 años. 1,60 metros de estatura. Cabello castaño oscuro. Ojos azules. 50 kilos de peso. Medida del pie: 38 centímetros. Asténico. Omnívoro. Profesión: arquero y cazador. Actividades ocasionales: pastoreo, pesca. Aficiones: montañismo y manualidades de ebanistería. Nacionalidad: surtirolés. Muerte: por herida incisa de flecha en omoplato izquierdo y consecutivo desangramiento en un glaciar situado a 3.210 metros de altitud. Nombre: desconocido. Apodo: Ötzi, el hombre del hielo. Edad: 5.300 años.

Tal era el hombre cuyo cadáver momificado, hoy conservado a -6º centígrados, nitrogenado y menguado en peso hasta 13 kilos, fue encontrado en la planicie subglaciar de Tisenjoch, entre Austria e Italia -formalmente, a 92,5 metros de la línea fronteriza, dentro del territorio italiano-. Los autores del hallazgo fueron Helmut y Erika Simon, que encontraron el cuerpo con la cabeza y los hombros sobresaliendo de una charca semihelada de 40 metros de longitud por 4 de profundidad y 8 de anchura. Fue el jueves 19 de septiembre de 1991 -una fecha que nadie adivinaba que iba a ser conocida tiempo después como un hito en la historia de la arqueología y, por ende, de la del género humano-.
Los Simon regresaban de una excursión de montaña por el valle alpino de Ötz. Junto al cuerpo oscurecido, con un brazo cruzado bajo el cuello, la pareja halló una bolsa cilíndrica hecha con corteza de abedul que se encontraba tiznada en su interior. Pensaron que se trataba de un montañero despeñado meses antes.
Alarmados, los Simon descendieron hasta un refugio, en Similaun, e informaron a Markus Pirpamer, su dueño, que avisó a su vez a los carabinieri italianos del valle de Senales y a la policía austriaca del puesto de Sölden, cerca de Innsbruck. "Hubo un primer levantamiento policial del cadáver, efectuado rápidamente porque se creía que se trataba del cuerpo de un alpinista desaparecido un par de años antes", explica Germán Delibes, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Valladolid. Delibes fue uno de los primeros expertos del mundo que se dio cuenta de la importancia del hallazgo, "sobre todo por la entidad del ajuar con él encontrado". Así lo asegura el catedrático, que ha supervisado contenidos de la exposición Ötzi, el hombre que vino del hielo, con réplicas perfectamente mimetizadas, inaugurada ayer por Ignacio González, vicepresidente de la Comunidad de Madrid, en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares que dirige Enrique Baquedano.
El ajuar incluía un arco de madera de tejo de 1,82 metros; 14 flechas en construcción, en madera de viburno, y dos de ellas dispuestas para ser lanzadas, con punta de sílex pegada al astil con alquitrán de abedul e hilo, más plumas impulsoras procedentes de un pájaro llamado chova piquigualda; una cuerda de rafia vegetal; un puñal con mango de fresno; un punzón de tilo para hacer inscripciones; una gorra de piel de oso; una yesca de madera para hacer fuego; un cinturón de piel de ciervo... Así, hasta 22 materiales en total, tratados artesanalmente por un hombre extraordinariamente inteligente, capaz de sobrevivir a 3.210 metros de altitud sobre los Alpes, gracias, sobre todo, a otro fabuloso utensilio: un hacha de cobre con empuñadura de madera de tilo.
Esta madera, material orgánico, también ha resistido sin descomponerse más de 5.000 años gracias a haber quedado, junto con su dueño Ötzi, integrada dentro de la enorme lengua de un glaciar que tardó todo ese tiempo en desplazarse y expulsar de su seno al infortunado cazador y a su valiosísimo ajuar. El filo de cobre señalaba que pertenecía a la ignota Edad del Cobre. El primer arqueólogo local que preludió la importancia del hallazgo fue Conrad Spindler, que, con otros dos colegas interesados en el asunto, fallecería poco después, dando origen a una leyenda similar a la que acompañó a Howard Carter (1874-1939) tras abrir la pirámide de Tutankamón, apertura que fue seguida paulatinamente por la muerte de 20 allegados suyos. Aquel enigma quedó desvelado al descubrirse en la pirámide, en 1985, la existencia de un hongo, el Aspergius flavus, cuyas esporas provocaban alergias pulmonares letales. De la historia de Ötzi, de la prodigiosa precocidad del ser humano por crearse una tecnología para sobrevivir en tiempos remotísimos, da cuenta esta interesante exposición, montada por la empresa Dynasty, procedente del Museo de Arqueología de Tirol del Sur, en Bolzano.

Un hombre de 46 años fue asesinado a golpes y flechazos en la frontera de Italia y Austria, a 3.200 metros de altitud.
Resistió a un primer ataque de los agresores, pero no al segundo.
Iba por los Alpes con un aspecto más bien alternativo: llevaba piel de cabra, sombrero y más de 50 tatuajes en forma de palos y cruces en el cuerpo. La víctima se llama Oetzi, es la mayor momia natural no embalsamada conocida en Europa y murió hace poco más de 5.000 años.



Varios análisis de ADN sugieren que la momia de los Alpes encontró la muerte en combate con al menos cuatro enemigos

A Agatha Christie no le habría gustado que le robaran la primera historia de suspense de todos los tiempos. Pero los científicos que investigan cómo murió el hombre de los hielos (una momia de 5.300 años, la más antigua y mejor conservada del mundo, encontrada en los Alpes entre Austria e Italia en 1991) descartan ahora la idea del asesinato. Una hipótesis que manejaban desde 2001, cuando hallaron la cabeza de una flecha en su hombro izquierdo.
Tras analizar los resultados de varios análisis de ADN, que revelaron la presencia de sangre de cuatro personas distintas en sus ropas y armas, los investigadores afirman que el hombre de los hielos murió después de una larga lucha. Ello sugiere, dicen, que no fue asesinado, sino que podría haber invadido el territorio de otra tribu y haberse visto envuelto en una reyerta.
Otzi, bautizado así por haber sido hallado en la zona de Otztal, portaba un verdadero arsenal de utensilios: flechas con punta de piedra, un arco, un cuchillo, varias cuerdas, un hacha de cobre y ropas de cuero y fibras vegetales. "Hemos analizado muestras y raspados del cuchillo, del hacha y de las ropas, que indican que la sangre es de diferentes personas", explica Ian Findlay, uno de los científicos de la Universidad de Queensland (Canadá), que integra el equipo de investigadores.
"Presumiblemente Otzi participó en un combate entre 24 y 48 horas antes de morir", afirma Tom Loy, director del Instituto de Biología Molecular de la misma universidad, otro canadiense que viajó a Bolzano, la ciudad italiana donde se encuentra Otzi. La versión de la lucha explicaría también los "cortes y heridas defensivas" y los moretones en manos y muñecas.
"Una de las cosas que podemos adelantar", sostiene Loy, "es que mató, por lo menos, a dos enemigos". Esto se desprende, explicó, de la sangre presente en una flecha hallada cerca del cuerpo. Otzi habría matado a uno de sus agresores, y luego retirado su arma y cargado contra una segunda persona. La escaramuza habría continuado hasta que una flecha lo alcanzó por la espalda, a la altura del omóplato izquierdo, causándole la muerte.
Esta hipótesis es la quinta que manejan los investigadores desde que la momia fue hallada, a 3.210 metros de altura, con medio cuerpo enterrado en el hielo. La vio un par de jubilados alemanes, que primero la confundieron con una muñeca y luego, con un alpinista desaparecido. El hallazgo disparó una disputa diplomática entre Austria e Italia, porque ambos países reclamaban a Otzi, hasta que Italia se quedó con él.
La primera explicación sobre su muerte sostenía que Otzi fue sorprendido por una tormenta de nieve y que, cansado, murió por congelación. La segunda introducía alguna variante, pero el frío seguía siendo la causa: el hombre neolítico había pisado hielo frágil y, al hundirse en el agua, se congeló. En 1999, tras tomar muestras de piel, dientes, rodilla izquierda y ADN, se saltó al tercer supuesto: muerte violenta, producto quizá de un ritual religioso. En 2001 el hallazgo de una flecha en su hombro aportó la idea del asesinato, ahora descartada.
Cada nuevo estudio suma otra pieza al rompecabezas. Se sabe que fue cazador, que medía 1,59 m, que tenía unos 46 años, algo de artritis y gustos de gourmet (sus últimas comidas fueron carne de ciervo e íbice, en una época en que se vivía de conejos, ratas y ardillas). Mientras la ciencia reescribe su historia, Otzi duerme en una cámara de acero y cristal, a 6º bajo cero, en el Museo Arqueológico de Alto Adige.

El análisis de Ötzi, la momia de hace 5.300 años hallada en los Alpes, prueba que murió durante un ataque rival.

Los últimos análisis realizados sobre la momia humana más antigua del mundo, de 5.300 años de antigüedad y conocida como el hombre de hielo, han desvelado que fue asesinado a golpes y flechazos, informó hoy el diario Corriere della Sera. Desde su descubrimiento, Ötzi, como se conoce popularmente a la momia al haber sido hallada en 1991 entre los hielos del valle de Ötz, en la región alpina italiana del Alto Adige, ha sido sometida a numerosos exámenes que han establecido todos los detalles sobre su vida: que fue un habitante de los Alpes italianos, del 3300 a. C. (en la edad del Cobre europea) y que murió a los 46 años.
Pero el gran misterio que ha rodeado al hombre de hielo en todos estos años era saber cómo murió, ya que en un principio se pensó que fue sorprendido por una tormenta mientras se encontraba cazando cerca de su poblado. Sin embargo, algunas heridas en su cuerpo hicieron sospechar a los investigadores. Los últimos exámenes realizados por un equipo de la Universidad LMU de Múnich (Alemania) en colaboración con el Instituto de Patología de Bolzano (Italia) han desvelado que el hombre de los hielos murió tras varios ataques por parte de algunos rivales.

Herido de flecha y rematado

"Resulta que Ötzi fue golpeado dos veces en sus últimos días de vida y en dos ataques separados", explicó el jefe del equipo de científicos, Andreas Nerlich, en declaraciones al diario Corriere della Sera. Las heridas, encontradas 5.300 años después de su muerte, son tres: un profundo corte en la mano, fruto de un primer ataque, y después una herida de flecha, cuya punta ha sido encontrada bajo la axila derecha. Los científicos aseguran que poco después de ser herido, mientras se desangraba, recibió el definitivo golpe mortal en la espalda con un objeto contundente.
Cuando fue encontrado, el hombre de hielo vestía unas calzas de piel de cabra y sombrero y junto a él había un hacha de cobre y un carcaj llenó de flechas. El año pasado, la turista alemana Erika Simon, que junto con su marido, recientemente fallecido, encontró los restos de Ötzi consiguió tras una larga batalla legal recibir 150.000 euros de recompensa por parte de la región de Bolzano, que expone la momia en su museo. La pareja había recibido en 1994 una recompensa simbólica de 5.200 euros. Una cantidad que consideraron injusta por tal descubrimiento.

La familia de Ötzi se ha extinguido

Ötzi, el hombre de los hielos de hace 5.000 años que apareció momificado en un glaciar alpino en 1991, pertenecía a un tipo genético (el haplogrupo K) muy común en los europeos actuales. Pero que no encaja en ninguno de los 115 subtipos de K existentes hoy. Su familia, en el sentido más amplio de este término, ha debido de extinguirse. Ötzi al menos tuvo la suerte de quedar momificado.
La conclusión se desprende de la secuenciación (lectura, o descripción exacta) del genoma mitocondrial del hombre de los hielos, lograda por el genetista Franco Rollo y sus colaboradores de la Universidad de Camerino en Italia. Las mitocondrias son unos componentes de las células humanas que tienen su propio ADN. Éste es el primer genoma mitocondrial prehistórico que se describe en nuestra especie, y lo avanza hoy Current Biology.
El resultado se basa en la comparación del ADN mitocondrial de Ötzi con el de muestras de europeos actuales pertenecientes a los 115 subtipos de K conocidos. "Por todo lo que podemos decir, nadie puede alegar que sea descendiente de Ötzi", afirma Rollo. "Pero quién sabe si en alguna solitaria aldea alpina puede acabar apareciendo alguno". Las mitocondrias sólo se transmiten por línea materna. Rollo se dispone ahora a secuenciar el cromosoma Y del hombre de los hielos, que sólo se transmite por vía paterna.







Tatuajes de 5.000 años

La mayor momia natural de Europa puede ahora contemplarse desde 12
ángulos distintos y en tres dimensiones



Las peculiaridades del milenario suceso que mató el "hombre de las
nieves" europeo son conocidas gracias a las investigaciones del Museo de
Arqueológico del Alto Adigio, en Bolzano (norte de Italia). Las marcas
que lleva en el cuerpo su más ilustre huésped pueden verse ahora en la
web www.icemanphotoscan.eu gracias a dos días de sesiones fotográficas
a seis grados bajo cero de temperatura y con una humedad relativa del
98%, las condiciones en las que se conserva.

Los fotógrafos Marco Samadelli y Gregor Staschitz han sacado más de
150.000 imágenes de Oetzi la momia en una iniciativa que forma parte del
proyecto 'Iceman Photoscan', en cuya página se le puede ver con todo
lujo de detalles. Encontrado en 1991 en los Alpes por un matrimonio
alemán, Oetzi puede contemplarse desde 12 ángulos distintos y en tres
dimensiones. Se ve incluso el punto de entrada de una de las flechas que
le causó la muerte del hombre que vivió en los Alpes italianos en torno
al año 3300 a.C., la edad del Cobre europea.

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29.3.09

Recuperado por la Guardia Civil el Dolmen de la Fuente de la Corcha (Beas, Huelva)

Rescatado un conjunto arqueológico de 5.000 años de antigüedad y otros 30 de expolio.

La Guardia Civil ha recuperado cuatro piezas pertenecientes al conjunto arqueológico del Dolmen de la Fuente de la Corcha en Beas (Huelva), que tienen cinco milenios. Se trata de tres ortostatos -nombre que reciben cada una de las piedras con las que se construye un dolmen (tienen unos dos metros de altura)- y una estela/menhir; una piedra similar al ortostato pero con grabados. Este menhir presenta una morfología antropomórfica y sólo hay dos casos documentados más en la provincia de Huelva, por lo que es un vestigio excepcional. Las otras tres piezas están elaboradas, según los estudios arqueológicos de la Guardia Civil, "sobre rocas volcánicas y grauvacas, no presentes en el medio geológico inmediato. Presentan huellas de laboreo y grabados de arte megalítico del sur de la Península Ibérica".
Los restos fueron expoliados hace más de 30 años y permanecían en una parcela privada en Beas. Fue un arqueólogo el que informó a la Guardia Civil de la situación de desprotección en la que se hallaban las piezas.

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2.2.09

Patrimonio dilapidado en La Marina Alta

Para las organizaciones ecologistas de La Marina Alta y el Museo Arqueológico de Dénia, las frustradas urbanizaciones programadas en las montañas de los términos de Pego y Gata de Gorgos son dos claros ejemplos de cómo dilapidar un valioso caudal paisajístico y arqueológico, ya irrecuperable, en nombre de un floreciente negocio ahora en quiebra.

El Museo Arqueológico de Dénia asegura que la iniciativa urbanística provocó la destrucción parcial de una cueva de la Edad del Bronce y de varios poblados moriscos.

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3.9.08

Castillejo del Bonete (Terrinches, Ciudad Real): una cueva fortificada sellada desde la prehistoria.

Su ajuar de la Edad del Bronce, elegido como "Pieza del mes" por la Consejería de Cultura.

Desde 2003 el Ayuntamiento de Terrinches ha promovido y patrocinado diversas campañas para la investigación y consolidación de este yacimiento arqueológico, de notable interés, fechado en la Prehistoria Reciente. Han colaborado con esta institución la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Universidad de Castilla-La Mancha y el equipo de arqueólogos de ANTHROPOS, S.L.

Castillejo del Bonete (Terrinches, Ciudad Real) es un yacimiento arqueológico de aproximadamente 500 m2, emplazado en las estribaciones septentrionales de Sierra Morena, en lo alto de una ladera orientada al sur.
El enclave se encuentra al sureste de la provincia de Ciudad Real. Se halla estratégicamente situado junto al Camino de Aníbal, vía natural de comunicación entre la Meseta y la Alta Andalucía.

Presenta unas características que lo convierten en un yacimiento de gran interés para la ciencia arqueológica:

- Agrupa espacios y utensilios de la vida cotidiana.
- Cuenta con cinco inhumaciones de diversa tipología, varias de ellas con ajuar.
- Posee murallas defensivas.
- Guarda una cueva fortificada de notables dimensiones, sellada e intacta desde la Prehistoria.
- Ha proporcionado un conjunto excepcional de materiales, entre los cuales se incluyen puntas de flecha de sílex o metálicas, puñales de cobre, botones de marfil, punzones de hueso y metal, vasos cerámicos, elementos suntuarios, brazaletes de arquero, hachas, etc.

El elemento de mayor singularidad es la cueva que fue fortificada durante la Edad del Bronce en este lugar, y que ha permanecido sellada e intacta hasta el momento de su descubrimiento arqueológico, en 2004.
La cueva es una oquedad natural retocada por el ser humano. Cuenta al menos con dos rampas o galerías subterráneas descendentes, dispuestas en ángulo agudo. La galería de entrada es angosta y tiene unos 9 metros de longitud. La entrada a la cueva se cegó durante la Prehistoria Reciente con derrumbes procedentes de las construcciones instal

adas sobre ella (en general, barro y grandes lajas de caliza), y así ha permanecido hasta hoy.

El ajuar de la Tumbra 4 fue elegido como "Pieza del Mes" por el Museo de Ciudad Real.

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18.8.08

Presentado a las jornadas europeas de patrimonio el puñal de la Edad del Bronce hallado por los arqueólogos en La Villeta (Ciudad Real)


La Villeta I: Campo de Silos de la Edad del Bronce en Ciudad Real.


La Villeta es un yacimiento arqueológico con 19 estructuras siliformes datadas en la Edad del Bronce, ubicado en los terrenos del Aeropuerto Central de Ciudad Real. En el interior de una de ellas nuestro equipo encontró un puñal con dos remaches, de 15 cm. de longitud y 4 cm. en su extremo proximal, con placa de enmangue plana. Su estado de conservación es óptimo. El puñal apareció en la limpieza del perfil del silo, en posición vertical y ligeramente hincada su punta en la pared. La posición y su excelente estado de conservación indican que estamos posiblemente ante una ocultación de la pieza. Dada la particular relevancia del hallazgo y de la pieza en sí, se decidió presentarla al público con motivo de las Jornadas Europeas de Patrimonio, celebradas los días 1, 2 y 3 de octubre de 2004, organizadas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. A tal efecto se presentó en el Museo Provincial de Ciudad Real un póster explicativo sobre la intervención restauradora.



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30.7.08

La pastora del Cuera, un hallazgo fundamental para el conocimiento de la Edad de Bronce en Asturias

El cadáver pertenecía a una joven, probablemente pastora, que presentaba un buen estado de salud cuando falleció hace 2.700 años, sin que hayan podido averiguarse las causas de su muerte. La pastora del Cuera también asistió ayer a la presentación del libro que recoge sus investigaciones; lo hizo dentro de una urna de cristal que permitía examinar su esqueleto completo, el único que se conserva en Asturias del primer milenio antes de nuestra era.

Muchos fueron los análisis y los métodos de investigación utilizados para averiguar detalles de la joven fallecida. Así han conseguido saber que sufrió algún tipo de estrés alimentario durante su infancia y que su dieta estaba basada en cereales, verduras, frutas y carne. Los datos ofrecen una visión de la época que le tocó vivir un tanto diferente a la que los antiguos historiadores venían ofreciendo. Todo indica que "las dietas eran más variadas y la economía de la época más rica de lo que se preveía", afirmó Rosa Barroso.

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18.7.08

Está ya amaneciendo

por José Agustín Blanco Redondo
Primer Premio en el XXXVI Concurso Literario Natalio González. Montiel, Septiembre de 2008


Cerro de Cabeza del Mijo (Terrinches)
Año 1430 antes de Cristo.


Acababa de cumplir sus cinco primeros inviernos. La fiebre de las últimas jornadas había logrado consumir la carne de sus pómulos, arrimando la piel traslúcida a los ángulos de los huesos. Su vida, recluida en aquel brillo mortecino que se descolgaba de sus ojos -unos ojos que más que ver parecían imaginar ya un cercano descanso en las heladas entrañas de la Madre Tierra-, no tardaría en escabullirse por los resquicios que dejarían sus párpados al cerrarse por última vez. Su madre, acorralada por los empellones de la angustia, se agarraba a las manos del niño con la mirada velada por un espeso celaje de lágrimas. Afuera, el invierno se aprestaba a instalarse cómodamente en su blando lecho de nieve. Una nieve que, desde hacía ya tres días, abrigaba de tristeza las débiles techumbres de retama y cañizo de las cabañas, las rocas del cerro, las coscojas de las laderas y las macilentas encinas del valle. Cuando todo parecía perdido y el desenlace lógico de aquel injusto combate ?un combate entre las siempre anhelantes garras de la muerte y una vida lánguida que acababa de dar sus primeros pasos- podía palparse en la densa atmósfera que se coagulaba alrededor de los compungidos rostros de los presentes, un anciano de barba gris, rostro curtido y cuerpo fibroso apenas cubierto por una túnica de lana tan blanca como la nieve que reposaba sobre ella, apareció en el umbral de la puerta acompañado por un silencio enigmático que no consiguió sino sobrecoger mi corazón. La madre del pequeño que agonizaba sobre el jergón de carrizo y esparto, levantó su resignada mirada hacia el recién llegado y pude observar cómo un tímido claror de esperanza se deslizaba por los linderos de sus ojos. El anciano se arrodilló junto al niño y le palpó la frente, el cuello, el vientre y las axilas. Sin pronunciar palabra alguna, deshizo el nudo que cerraba una talega de piel de cabra que colgaba de su cinturón, extrajo un puñado de su contenido, lo mezcló con nieve limpia e introdujo la masa resultante en un cuenco de cerámica que puso a hervir sobre el hogar donde dormitaban unos rescoldos de lentisco. Luego cerró los ojos, extendió los brazos con las palmas de las manos orientadas hacia el cielo y comenzó a murmurar unas palabras ininteligibles mecidas por una melodía que parecía surgir de los adentros de su pecho. Yo sabía que estaba suplicando a los Dioses del Firmamento, de la Noche y del Invierno que tuvieran a bien salvar la vida de aquel joven mortal. Cuando terminó sus plegarias, retiró el remedio de la lumbre y lo dejó enfriar durante unos instantes. Colocó luego al niño en su regazo y fue administrándole el agua de cocción muy despacio, con un cariño casi paternal, acercando el borde del cuenco a sus labios temblorosos. Todos los presentes observábamos los movimientos del anciano con una especie de respeto innato, de admiración ancestral, de sumisión absoluta ante las fuerzas de lo desconocido, pues sabíamos que sólo él podía devolver la salud al muchacho. Sólo él, el viejo Terco, el hechicero, el intercesor ante los Dioses, el sacerdote de la tribu, era capaz, en conjunción con los poderes misteriosos que regían nuestros destinos, de restaurar el vigor de la vida al cuerpo del pequeño moribundo. Afortunadamente, Terco acababa de regresar de un largo viaje, de un solitario viaje de más de una estación por parajes ignotos. Un viaje imprescindible para surtir de raíces, hojas, semillas y tallos medicinales las vasijas que atesoraba en su cabaña. Un viaje necesario para salvaguardar, gracias a los remedios que sólo su memoria conocía, nuestro porvenir y el de nuestras escasas cabras.
Lo cierto es que dos amaneceres después, la cocción de hojas de fresno, frutos de saúco, corteza de sauce y agua de nieve elaborada por el anciano, devolvió el resplandor de la vida a los ojos del muchacho; el mismo brillo que se apresuró a instalarse también en la mirada agradecida de su madre.
Lo cierto es que dos amaneceres después, tomé la decisión más importante de mi existencia. La decisión que me convertiría en el alumno entregado, en el discípulo fiel, en la sombra siempre cercana del viejo Terco. En el único heredero de su inmensa sabiduría.
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El poblado se arracimaba en la cima del cerro de Cabeza del Mijo. Las cabañas ?zócalo de piedras trabadas con barro, tapial y techumbre de retama impermeabilizada con arcilla- se adosaban unas a otras en su afán por aprovechar el cada vez más exiguo terreno disponible. Una muralla de piedras mampuestas custodiaba viviendas, talleres, corrales y almacenes con sus dos pies de espesor y sus cinco de altura. Me tranquilizaba saber que, ininterrumpidamente, uno de nuestros guerreros controlaba desde esta atalaya privilegiada el nacimiento del río Guadalén, los angostos valles del arroyo Cervera y del Resquicio y los trajines de zagales y comerciantes por la estratégica vereda de los pastores Serranos. Una vereda que buscaba hacia el mediodía la Sierra Morena siguiendo el cauce, desde su alumbramiento, del río Dañador. Porque era en los valles que se derramaban desde las solanas de aquel macizo de cumbres atezadas donde yacían las menas de mineral de cobre y donde medraban los codiciados pastos invernales que escaseaban en los territorios del norte.
Amanecía tras la sierra del Relumbrar. Llevaba casi dos noches sin poder conciliar el sueño, pero no me importaba nada. Para un joven como yo, no podía haber nada tan importante como aquella expedición. Terco, esbozando una desconcertante media sonrisa, me había invitado a acompañarle en su inminente viaje a unas lagunas que, como si fueran nudos sucesivamente apretados sobre una cuerda de esparto, se descolgaban una tras otra en un espectáculo mágico de cascadas y rocas de cal, en una demostración inefable del poder de los Dioses, en una vorágine de belleza sobrenatural, allí, en un lejano paraje que el hechicero denominaba Ruidera. Aquella escapada me serviría para olvidar que eran tiempos difíciles. Apenas llovía y los cultivos se resentían ante la mezquindad del Dios de los Aguaceros. La próxima cosecha sería pésima, tan calamitosa como la del año anterior. Cada vez debíamos desplazarnos más al sur para pastorear a las cabras, adentrándonos en los barrancos de la Sierra Morena. Cada vez surgían más conflictos con las tribus vecinas. Manadas de lobos hambrientos merodeaban extramuros del poblado y era ya habitual que las partidas de cazadores regresaran con las manos vacías, unas manos sólo aferradas a los arcos y a todas las incertidumbres.
Finalizaba la estación del estío y todo estaba preparado para la emprender la marcha. Tras abrevar a los caballos, cargué los serones de esparto en sus grupas, me ajusté el puñal de bronce al cinturón y crucé el morral sobre mi pecho. Terco no parecía tener ninguna prisa. Observé cómo esperaba pacientemente el completo despertar del Dios del Sol; cómo movía los labios sin emitir sonido alguno, en una callada plegaria seguramente cuajada de perseverantes súplicas por el buen término de nuestra misión -el anciano estaba convencido de que la constancia lograba quebrar las piedras-; cómo alzaba el rostro hacia un horizonte de luces ocres y sonidos limpios para después hundirlo humildemente en el calvero de su pecho. Tomé el arco, anudé las flechas a mi cinturón y le sugerí delicadamente la conveniencia de partir cuanto antes. Terco pareció despertarse de un sueño profundo, puso la mano sobre mi hombro y comenzó a caminar utilizando como apoyo un bastón de madera de acebo. Tomamos la vereda de los Pastores Serranos hacia el este para, a la altura del cerro Castellanos, girar al norte por un bosquete cerrado de coscojas y acebuches. Seguimos las estrechas sendas labradas por las correrías nocturnas de los zorros hasta toparnos, hacia el mediodía, con la fuente de la Zarza *Santa Cruz de los Cáñamos, en cuyas aguas abrevaron los caballos. Tras reponer fuerzas con dos buenos filetes de tasajo de cabra, bordeamos el cerro de la Cabezuela, atravesamos el cauce del río Oregón por un vado de fango que servía de revolcadero a los jabalíes y alcanzamos las vertientes del cerro Travesas *Montiel. A los pies del cerro brotaba la fuente de la Bonilla y Terco decidió que el claro aledaño al manantial sería un buen lugar para pasar la noche. Hice fuego utilizando matas secas de tomillo y ramas de coscoja mientras el crepúsculo incendiaba de ocre y púrpura el horizonte tras la lejana sierra de Cabeza de Buey.
Me desperté con el rumor de las primeras luces del alba. La noche, rasa de nubes, había cubierto de rocío los campos, las crines de los caballos y las pieles bajo las que nos cobijamos para dormir. Preparé una estimulante infusión de bayas de agracejo acompañada por varias tortas de harina tostadas al fuego y embadurnadas de miel que merecieron los elogios del viejo hechicero. Emprendimos la marcha hacia el noroeste, bordeando el cerro de Cartisánchez y cruzando el agrietado cauce del arroyo del Toconar. Sin apenas darnos cuenta, el paisaje había ido mudando desde los quebrados territorios de arcilla desnuda y roca caliza del sureste hasta las amables ondulaciones - tierra bermeja abrigada de encinas y lentiscos- por las que ahora caminábamos. Las mimbreras y los fresnos que amparaban los ribazos del río Jabalón, nos recibieron con un estrepitoso batir de alas; las alas grises con franjas blancas de las palomas torcaces que huían de nuestra presencia hacia las serenas lomas del norte. Acompañamos al río aguas abajo, hasta encontrar un paso que nos permitió cruzar su cauce. Hacia el mediodía topamos con otra vereda de ganados que, según Terco, comunicaba también con los templados pastizales del otro lado de la Sierra Morena. Paramos a almorzar -las cuñas de queso curado de cabra me sabían a tomillo y a jara recién cortada- a los pies del cerro del Castillón *Villanueva de los Infantes, junto al nacimiento del arroyo de Peñaflor. Mientras Terco descansaba, yo me encaramé a lo alto del cerro. Allí yacían las ruinas de un poblado antiguo, humilde y seguramente sometido a las incertidumbres que vagaban por la vereda de ganados y a los peligros que se desplazaban por las riberas del Jabalón. Sus escasos habitantes debieron de estar especializados en trabajar la cuarcita y el sílex, pues sólo pude encontrar puntas de flecha, azuelas y hachas elaboradas con esos materiales. No conocían aún la fundición del cobre ni su aleación con el estaño para obtener el valioso bronce. La cerámica que se diseminaba por las laderas se reducía a pedazos descabalados de ollas, platos y cuencos. Comprobé la tristeza de sus tonos grisáceos, la ausencia de decoración externa y lo primitivo de su diseño. Intenté imaginar las duras condiciones de vida de los moradores de la aldea, con sus anticuados útiles de madera, de hueso y de piedra pulimentada, con sus menguados conocimientos sobre el cultivo de la tierra, sobreviviendo demasiado cerca de la miseria y de los riesgos inherentes al arte de la caza, alimentándose de bellotas, cardos, moras y espárragos silvestres. Intenté imaginar la razón del abandono del poblado -epidemias, hambre, quizá la guerra...-, pero en aquel momento la rasgada voz de Terco resonó en las vertientes del cerro y corrí a reunirme con él.
Las tardes eran ya más breves, así que apretamos el paso hacia el norte, con nuestros rostros enfrentados a las afiladas alabardas del cierzo, entre espliegos, retamas y acebuches, hollando olvidadas trochas de tierra roja y abrevando en la fuente del Toril para hacer noche junto al arroyo de la Cañada Grande* Fuenllana, sobre un valle de tierra albariza y matas de esparto que mi maestro llamaba Los Calares. Partimos de nuevo al amanecer. Antes del mediodía alcanzamos las frondosas márgenes del río Azuer * Actual Santuario de la Virgen del Salido. Término municipal de Montiel. Un próspero poblado se encastraba en el espolón rocoso que remataba el cerro aledaño al río. Un cerro que, casualmente, también se denominaba del Castillón. Terco guardaba, tras los recios muros de aquella aldea, la amistad de un hechicero apodado Maraño. Mientras los dos ancianos departían animadamente, yo vagabundeé por los entresijos del poblado, curioseando entre los telares, los apriscos, los silos del grano y los hornos de fundición, admirando sus curiosas ovejas de lana negra y la eficacia de los perros que las careaban. Después del almuerzo ?pierna asada de oveja y un generoso cuenco de gachas- y de una sentida despedida, decidimos combatir el sueño de la tarde marchando al encuentro con el río Cañamares *Carrizosa. Remontamos su curso para, a la altura de los Cerros de la Carrasca *Villahermosa, internarnos en un denso bosque de encinas y coscojas que nos conduciría, en dirección noreste, al arroyo de la Cañada de Pozo Hondo, mientras el atardecer se deshacía en nubes blandas teñidas de añil.
Ya estábamos muy cerca. Mañana mismo podríamos contemplar cómo el Dios del Sol emergía tras la Loma del Roble. Terco sonrió. Sabía que detrás de aquella loma se encontraba nuestro destino, la gran Laguna Blanca, la primera y más meridional de las lagunas de Ruidera. También sabía que en sus inmediaciones pobladas de sabinas, medraban las plantas medicinales con que llenaríamos los serones de los caballos.
Recogimos durante días semillas de lino blanco y frutos de saúco que secábamos al sol para evitar su enmohecimiento. Entre tanto trabajo, aproveché para empaparme de las enseñanzas del anciano. Con voz suave, me fue indicando las virtudes del torvisco como purgante, del tomillo para calmar la tos o del espino blanco como sedante. Las semillas de lino blanco poseían diversas aplicaciones: molidas con agua servían para hacer cataplasmas que curaban las úlceras y su aceite se utilizaba como laxante y para cicatrizar las quemaduras de la piel. Los frutos del enebro favorecían la eliminación de orina y, machacados convenientemente, podían curar la sarna de nuestras cabras. Nada parecía escapar a los conocimientos del hechicero. Jamás podré olvidar nuestro fugaz paso por La Jacidra, un poblado de agricultores que se levantaba sobre la vega del río Vado Blanco, muy cerca de la gran Laguna Blanca. Recogíamos hojas de salvia cuando, casi anochecido, escuchamos unos lamentos muy parecidos al sonido que el viento del invierno abandona al deslizarse por los desfiladeros de Sierra Morena. Corrimos hacia la primera de las cabañas de la aldea. En su interior, una chica de mi misma edad yacía sobre el suelo de arcilla, con la piel del rostro muy pálida y completamente bañada en sudor. Su madre se abrazaba a ella en un vano intento por calmar sus convulsiones. Un alacrán que no logró escapar a la mirada escrutadora de Terco, se cobijó en una de las grietas de la pared. El anciano actuó con la premura del Dios del Rayo. Abrió la piel alrededor de la picadura con un pequeño cuchillo de bronce y presionó con fuerza hasta hacer salir la sangre. Preparó un cocimiento de hojas de árnica, empapó con él un paño de lino y lo aplicó sobre la herida. El corazón de la muchacha palpitaba muy deprisa. El hechicero hirvió hojas de enebro y de salvia en aceite de avellana y administró el bebedizo a la joven. Terco no durmió aquella noche. Prefirió invertir su vigilia en algo más provechoso: suplicar por la vida de la enferma al poderoso Dios del Firmamento. A la mañana siguiente la fiebre y las palpitaciones remitieron. Terco repitió el tratamiento y, tres días después, la joven se recuperó por completo. Fue una experiencia fascinante.
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Hoy, demasiadas estaciones después de aquel primer viaje, he vuelto a recorrer las trochas, senderos y veredas que conducen a la gran Laguna Blanca. He bordeado el cerro de Travesas, vadeado el río Jabalón, soñado sobre un lecho de esparto en el poblado amigo del Castillón, marchado por las solanas de los Cerros de la Carrasca y, como entonces, no tardaré en deleitarme con el despertar del Dios del Sol tras la Loma del Roble.
Hoy, demasiadas estaciones después de aquel primer viaje, el anciano no ha podido acompañarme. Su cuerpo y su inseparable talega de piel de cabra reposan en el interior de una fosa sellada con la mayor laja de piedra arenisca que pudimos labrar en su honor, en honor del hechicero más sabio, del más carismático intercesor ante las voluntades de los Dioses que los moradores del poblado del cerro de Cabeza del Mijo hayan conocido jamás. Pero, afortunadamente, hoy tampoco camino solo. Me acompaña mi hijo, el vástago que la Madre Tierra quiso que mi mujer -la muchacha a la que mi maestro salvó la vida en la aldea de la Jacidra-, y yo engendráramos para salvaguardar todo el conocimiento que el anciano tuvo a bien legarme. Con la voz quebrada por la emoción y la mirada hincada en un horizonte herido ya por las luces del crepúsculo, mi hijo Terco me toma de la mano para decirme:
- Mire padre, está ya amaneciendo...

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25.3.08

Publicado estudio sobre la Edad del Hierro y el Mundo Romano en la Oretania Septentrional


Con Prólogo de TERESA CHAPA BRUNET, Catedrática de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid.

Incluye como anexo la investigación inédita de Luis M. Gutiérrez Soler, Profesor Titular de la Universidad de Jaén, sobre el santuario ibérico de El Collado de los Jardines.

Por el estudio "Protohistoria y Antigüedad en la provincia de Ciudad Real (800 a.C.-500 d.C.)" los arqueólogos Luis Benítez de Lugo, Germán Esteban y Patricia Hevia han sido galardonados con el I Premio de Investigación Histórica "Oretania".

Más información en www.estudio-arqueologia.es/publicaciones

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27.2.08

Vivir en la Edad del Bronce

Arqueólogos en Daimiel (Ciudad Real) reconstruyen la vida en la Edad del Bronce a través del yacimiento manchego de la Motilla del Azuer.

Desde el año 1974 arqueólogos granadinos, dirigidos por los profesores Trinidad Nájera y Fernando Molina, trabajan en el yacimiento de la Motilla del Azuer, en el término municipal de Daimiel (provincia de Ciudad Real), en busca la información necesaria para reconstruir el modo de vida de los manchegos durante la Prehistoria Reciente.

MotillasLos yacimientos conocidos con el topónimo de ?motillas? representan uno de los tipos más singulares de asentamientos prehistóricos de la Península Ibérica. Ocuparon la región de La Mancha durante la Edad del Bronce entre el 2200 y el 1500 c.C. Son montículos artificiales, de entre 4 a 10 m. de altura, resultado de la destrucción de una fortificación de piedra de planta central con varias líneas amuralladas concéntricas. Su distribución en la llanura manchega, con equidistancias de 4 a 5 kilómetros, afecta a las vegas de los ríos y las zonas deprimidas dónde hasta momentos recientes era frecuente la existencia de lagunas.Características técnicasEl montículo de la fortificación que ha sido recuperada posee un diámetro de en torno a 50 metros, y está integrado por una torre, dos recintos amurallados y un gran patio. Su núcleo central está formado por una torre de mampostería de planta cuadrada, cuyos paramentos este y oeste conservan una altura superior a los 7 metros y a cuyo interior se accede mediante rampas embutidas en estrechos pasillos, lo que le confiere un personal carácter.Los investigadores de la Universidad de Granada explican que el asentamiento del Azuer contiene el pozo más antiguo hallado en la Península Ibérica. En el interior de este tipo de recintos fortificados se protegían recursos básicos como el agua, captada del nivel freático a través del pozo, y se realizaba el almacenamiento y procesado de cereales a gran escala, la estabulación ocasional de ganado y la producción de cerámica y otros productos artesanales, cuyos restos también se han conservado.

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